domingo, 9 de mayo de 2010

Inflación en alimentos y la culpa del gobierno





La inflación promedio en abril fue de 5,2%, pero la de los alimentos y bebidas se disparó al 11,2% de acuerdo al Banco Central de Venezuela. Cualquiera de las dos cifras resulta aterradora para los ciudadanos, pero muy especialmente para los pobres que concentran su gasto en comida y transporte. Para ellos, que son la gran mayoría de los venezolanos, la inflación promedio del mes fue 8,4%, es decir les rebajaron el sueldo, la pensión o el ingreso en ese mismo porcentaje. En los primeros cuatro meses del 2010, los venezolanos son 15% más pobres que en diciembre. Pero además también son más pobres porque también el PIB viene en descenso.

Las cadenas agroalimentarias venezolanas están enfermas. El país está enfermo. No existe un circuito agroalimentario en que no tenga uno o más eslabones intervenidos, abatidos, confiscados o simplemente destruídos por el gobierno. El ministro de alimentación no pudo haber sido más nítido y preciso cuando al salir de una reunión con algunos agentes económicos que laboran en el mercado de la carne (buena parte de los productores primarios ausentes) sentenció más o menos así: mi comandante presidente decidió que la comida no es mercancía y luego, difícil esperar otra cosa, amenazó al sector privado con confiscarles sus propiedades o negocios.




Así de simple, una sola persona ha borrado instantáneamente diez milenios de la historia universal.

Como todo el mundo sabe y bajo cualquier interpretación ideológica o económica, los alimentos han sido mercancía desde el Neolítico, cuando el hombre "inventó" la agricultura y con ella creció el comercio entre los pueblos, eso aparentemente nunca existió de acuerdo a la política del gobierno. Para eliminar ese conocimiento no basta con una orden, también es necesario evitar que se difunda y para ello, el gobierno está empleando otros instrumentos: acorralar a las universidades, empobrecer a los profesores para que abandonen sus cátedras y se dediquen a la buhonería o procuren algunas horas en las nuevas universidades donde el único pensamiento que puede ser difundido es el oficial. Por éste camino pronto estará proscrita la teoría de la evolución, desde luego toda referencia a la teoría económica, las estadísticas serán (ya casi lo son) secreto de Estado y la historia, como señaló un peculiarísimo funcionario, será reescrita ahora que tiene en sus manos los archivos de Bolívar y Miranda. Más difícil será ocultar las ideas de Newton.

Ese mismo día el presidente, por televisión, amenazó de nuevo al sector privado y lo culpó directamente de ser responsable por la inflación repitiendo, una vez más los términos de costumbre: capitalismo, acaparamiento, especulación, enemigos, acabar con ellos y así sucesivamente. Ninguno capaz de mirar hacia los resultados de las políticas aplicadas durante una década, ninguna reflexión dirigida a explicarle a los ciudadanos que por los atentados contra la propiedad privada, las acciones de INDEPABIS, el crecimiento del sector improductivo del país, el irresponsable manejo de las finanzas públicas y la incompetencia burocrática, las fincas están produciendo menos alimentos que los demandados por la población. Que por las mismas razones el valor adquisitivo de nuestro dinero cada vez es menor. Que los costos de producción o transacción, son cada vez mayores gracias a leyes, decretos, normas, resoluciones y acciones autoritarias, lamentablemente apoyadas ilegalmente por la fuerza armada. La inflación, los episodios de escasez y el abatimiento de la calidad de los alimentos son, incuestionablemente, producto de las malas políticas y es necesario decirlo sin ambages.

La importación de alimentos y una burocracia pletórica han sido los instrumentos que ha aplicado el gobierno para controlar la inflación. Acciones no sostenibles y que sólo pueden tener efecto temporal. Pero haciendo tal cosa ha eliminado trabajo productivo y valor agregado, substituyendolo por el trabajo improductivo de la burocracia y los militares. Cualquier nación u hogar debe mantener una proporción adecuada entre el trabajo que produce riqueza y el que lo gasta, si disminuyen los que producen y aumentan los que lo gastan, pues la quiebra es el resultado fatal. Quiebra, fracaso, ruina son los términos que usamos para esa situación en los negocios, pero cuando se trata de un país, el resultado se llama pobreza o miseria.

El empresariado se hizo sentir en estos primeros días de mayo y desde Fedecámaras se emitió un alerta sobre la crisis que ya dura dos trimestres y que se acentúa, con las enormes cifras de inflación al cierre de abril. Pero no percibimos acciones importantes dentro del sector privado para atacar el problema y ya en otras oportunidades hemos señalado la necesidad de concertación y acuerdos estratégicos entre los distintos gremios. Cierto que el gobierno aún posee recursos, que el precio del petróleo es elevado, pero no menos cierto es que las cadenas agroproductivas, por su complejidad y para su sostenibilidad, deben procurar relaciones básicas de equilibrio orientadas al largo plazo, que no dependan tanto del gobierno.




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